El primer mapa global de los hongos subterráneos revela una red de 110 billones de kilómetros bajo nuestros pies
La Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas (SPUN) ha publicado el primer mapa mundial de los hongos micorrízicos, los filamentos que entrelazan las raíces de las plantas con el suelo. Las redes de tipo arbuscular suman alrededor de 110 billones de kilómetros de longitud y unas 300 megatoneladas de carbono. En una sola cucharada de tierra puede haber hasta diez metros de esta malla viva, que los científicos describen como uno de los sistemas circulatorios del planeta.
Bajo la superficie de cada bosque, pradera y desierto existe una infraestructura que apenas habíamos empezado a intuir. Los hongos micorrízicos tejen una telaraña que conecta las raíces de la mayoría de las plantas terrestres, transportando carbono, nutrientes y agua a lo largo de distancias que desafían la imaginación. Hasta ahora carecíamos de un retrato de conjunto; el trabajo de SPUN, una organización fundada precisamente para cartografiar estas redes, ofrece el primero.
Las cifras cuesta asimilarlas. La longitud total de las redes arbusculares equivale a recorrer la distancia de la Tierra al Sol cientos de millones de veces; medida en escalas cósmicas, la malla bastaría para cubrir una fracción apreciable de nuestra galaxia. Y, sin embargo, todo ello cabe en los primeros centímetros del suelo: en humedales de gran altitud o praderas inundadas, como los Everglades de Florida, los seis centímetros superiores concentran cerca del 40 % de la biomasa fúngica global.
"Son las selvas amazónicas del subsuelo: una arquitectura viva que sostiene la fertilidad del planeta y que apenas empezamos a comprender."
La hazaña metodológica iguala a la del hallazgo. El equipo compiló datos de 16.669 muestras de suelo procedentes de 322 estudios previos, repartidos por todos los continentes y nueve biomas distintos. Con esa base entrenó modelos de aprendizaje automático capaces de estimar la densidad de la red en ecosistemas no muestreados, y los calibró con imágenes robóticas de más de 300.000 hifas fúngicas vivas cultivadas en laboratorio.
El valor del mapa no es solo descriptivo. En suelos sanos, estas redes amplían hasta cien veces el área que las raíces pueden explorar y aportan más del 80 % del fósforo que necesita una planta. Conservarlas es, por tanto, una cuestión agrícola, climática y económica: el carbono que almacenan y la fertilidad que sostienen son activos naturales que la deforestación, el arado intensivo y la urbanización pueden destruir en cuestión de temporadas.
Para Capitalis Electus, esta cartografía invisible encierra una lección que trasciende la ecología. El verdadero valor de un terreno —agrícola, forestal o de inversión— no se agota en lo que se ve en superficie: reside también en la salud del suelo que lo sostiene, un capital natural que rara vez figura en las escrituras pero que determina su rendimiento a largo plazo. Quien evalúa un activo inmobiliario rústico haría bien en mirar, también, lo que crece bajo tierra. Esta nota es información, no asesoramiento.