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Ciencia · Física cuántica

Físicos de Oxford crean una nueva familia de estados "gato de Schrödinger" con bloques cuánticos exóticos

El célebre gato de Schrödinger, vivo y muerto a la vez, vuelve a sorprender. Un equipo de la Universidad de Oxford ha generado una clase inédita de estos estados cuánticos no a base de hacerlos más grandes, sino de hacerlos más profundamente cuánticos por dentro. El logro, demostrado con iones de estroncio atrapados, apunta hacia ordenadores cuánticos más resistentes a los errores.

El experimento mental que Erwin Schrödinger ideó en 1935 —un gato encerrado que, según las reglas de la física cuántica, permanecería simultáneamente vivo y muerto hasta ser observado— se ha convertido en el icono de la superposición cuántica. En el laboratorio, los "estados gato" son superposiciones de configuraciones bien diferenciadas, y resultan valiosos precisamente porque su fragilidad los hace exquisitamente sensibles y, bien domesticados, útiles para medir y computar.

El trabajo, publicado en la revista Physical Review X por investigadores del grupo de Oxford, da un giro conceptual. En lugar de aumentar el tamaño o la masa de la superposición —la vía habitual para fabricar "gatos" más espectaculares—, los físicos sustituyeron los componentes casi clásicos por otros intrínsecamente cuánticos. El resultado es una superposición que no es necesariamente mayor, pero sí más "cuántica" en su misma esencia.

La clave del método reside en las mediciones a mitad de circuito: observaciones intermedias que permiten esculpir el movimiento del ion y acceder a una gama de estados no clásicos mucho más amplia de la que era posible hasta ahora.

Para lograrlo, el equipo recurrió a iones de estroncio atrapados y a una técnica de medición a mitad de circuito que les permite moldear el estado de movimiento del ion sobre la marcha, con un control programable poco común. Esa capacidad de "esculpir" la superposición abre la puerta a generar estados cuánticos exóticos a voluntad, algo que hasta ahora se hallaba fuera del alcance de la mayoría de los montajes experimentales.

El interés práctico no es menor. Los estados gato figuran entre los candidatos más prometedores para la corrección de errores cuánticos, el gran cuello de botella que separa los prototipos actuales de un ordenador cuántico verdaderamente fiable. Disponer de superposiciones más ricas y mejor controladas podría traducirse, con el tiempo, en máquinas capaces de tolerar el ruido sin perder la información que procesan. Conviene, eso sí, mantener la mesura: se trata de un avance de física fundamental, no de un producto, y el camino hacia aplicaciones comerciales sigue siendo largo.

En Capitalis Electus seguimos la computación cuántica porque su maduración redibujará industrias enteras —desde la criptografía que protege los activos digitales hasta el diseño de fármacos y materiales— y, con ellas, el mapa de oportunidades y riesgos del capital paciente. Anotamos estos hitos sin euforia: la distancia entre un experimento elegante y un negocio rentable suele medirse en años, y el inversor prudente distingue una promesa científica de una tesis de inversión. Esta nota es información, no recomendación de inversión.

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