León XIV consagra la torre de Jesucristo de la Sagrada Família en el centenario de Gaudí: Barcelona corona el templo más alto del mundo
El papa León XIV ofició este miércoles una misa en la Sagrada Família y consagró la torre de Jesucristo, cuyo pináculo de 172,5 metros convierte al templo de Antoni Gaudí en la iglesia más alta del mundo. La ceremonia se celebró en el centenario exacto de la muerte del arquitecto catalán, atropellado por un tranvía el 10 de junio de 1926.
Cien años después, la obra inacabada encuentra su corona. El papa León XIV bendijo este miércoles la cruz de cuatro brazos que remata la torre de Jesucristo de la Sagrada Família, un coloso de 172,5 metros que ha desbancado a la catedral de Ulm como la iglesia más alta del mundo. La consagración, oficiada al caer la tarde, fue el broche de una visita de una semana a España, el primer viaje europeo de relieve del pontífice desde su elección el año pasado y el primer desplazamiento papal al país en quince años.
La fecha no es casual. Gaudí murió el 10 de junio de 1926, arrollado por un tranvía en una calle de Barcelona cuando se dirigía a rezar, y fue enterrado en la cripta del propio templo al que dedicó las cuatro últimas décadas de su vida. Que el remate simbólico de su obra magna llegue justo en el centenario de su muerte convierte la jornada en una de esas raras coincidencias en que la historia parece cerrar un círculo por su cuenta.
"Gaudí concibió un templo que tardaría siglos en levantarse; quizá su mayor lección es que las obras verdaderamente grandes se construyen para quienes aún no han nacido."
La nueva torre culmina con una cruz de cuatro brazos de 17 metros de alto por 13,5 de ancho y un peso cercano a las cien toneladas, en cuyo brazo superior se aloja una escultura del Cordero de Dios obra del artista italiano Andrea Mastrovito. El conjunto fue concluido el año pasado, y con él la basílica superó por fin la altura de las grandes catedrales góticas europeas, fiel a la voluntad de Gaudí de que ninguna creación humana se alzara por encima de la montaña de Montjuïc, obra divina.
El templo, iniciado en 1882 y financiado durante casi siglo y medio exclusivamente con limosnas y con los ingresos de las visitas, se ha convertido en uno de los monumentos más visitados de Europa y en el principal motor turístico de Barcelona. Su lenta consagración —aún restan elementos decorativos y la polémica escalinata de la fachada de la Gloria— ilustra una manera de construir hoy casi extinta: la del proyecto que trasciende a sus autores y a varias generaciones de canteros, escultores y arquitectos.
Para Capitalis Electus, la culminación de la Sagrada Família es también una parábola patrimonial. Pocos activos ilustran mejor el valor del tiempo y de la paciencia que un edificio levantado a lo largo de catorce décadas, cuyo prestigio —y cuyo rendimiento, vía turismo y marca de ciudad— se ha compuesto lentamente, ladrillo a ladrillo. El patrimonio que perdura rara vez se improvisa: se planifica con horizontes largos, se asegura contra el accidente y la intemperie, y se transmite. En un mundo obsesionado con el rendimiento inmediato, el templo de Gaudí recuerda que el capital más sólido es el que se piensa para los herederos. Esta nota es información, no asesoramiento.