Viernes · 19 de junio · MMXXVI Edición vespertina · N.º 4 854
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Un haz de luz ultravioleta logra descomponer los "químicos eternos" PFAS sin reactivos, con radicales de hidrógeno extraídos del agua

Un equipo de la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, ha demostrado que la luz ultravioleta intensa puede romper los PFAS —los llamados "químicos eternos"— sin añadir un solo reactivo. El secreto está en los radicales de hidrógeno que esa radiación arranca a las propias moléculas de agua: partículas tan reactivas que atacan los robustos enlaces carbono-flúor que hacen casi indestructibles a estos contaminantes.

Las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, conocidas por sus siglas inglesas PFAS, se han ganado el sobrenombre de "químicos eternos" por una razón incómoda: apenas se degradan en el ambiente. Presentes en sartenes antiadherentes, textiles impermeables, espumas antiincendios y multitud de envases, se acumulan en el agua, el suelo y los tejidos vivos, y se han asociado a diversos problemas de salud. Eliminarlos una vez liberados es uno de los grandes quebraderos de cabeza de la química ambiental contemporánea.

El trabajo, dirigido por los investigadores Lu Bai, Shuang Luo y Zongsu Wei en el Centro de Tecnología del Agua (WATEC) de la Universidad de Aarhus y publicado en la revista Environmental Science & Technology, aporta una pieza clave del rompecabezas. Bajo luz ultravioleta de longitud de onda inferior a 300 nanómetros, el agua libera radicales de hidrógeno extremadamente reactivos que se lanzan contra las moléculas de PFAS y van desprendiendo, uno a uno, sus átomos de flúor hasta fragmentarlas en compuestos más pequeños y menos persistentes.

En los ensayos, el compuesto GenX registró hasta un 49,1 % de degradación y un 21,2 % de defluoración en apenas cinco horas, sin que se añadiera ningún reactivo químico al proceso.

El mecanismo en sí no era desconocido, pero el estudio establece por primera vez que estos radicales de hidrógeno son el motor principal de la descomposición, y no un actor secundario. Esa precisión importa: comprender qué reacción manda permite diseñar sistemas de tratamiento más eficientes y baratos, en lugar de depender de procesos que consumen reactivos costosos o que generan sus propios residuos. La promesa es una depuración de aguas contaminadas más limpia y sostenible.

Conviene, eso sí, mantener la mesura. Las cifras de laboratorio —una degradación parcial en cinco horas sobre un compuesto concreto— distan todavía de una solución industrial lista para plantas potabilizadoras o acuíferos contaminados. Quedan por resolver la eficiencia energética de la luz ultravioleta intensa, el comportamiento frente a la enorme variedad de PFAS existentes y el escalado a volúmenes reales. Aun así, el hallazgo abre una vía prometedora frente a un problema que la regulación europea y estadounidense aprieta cada año con más fuerza.

En Capitalis Electus seguimos de cerca la química del agua porque sus consecuencias trascienden el laboratorio: la contaminación por PFAS ya pesa en la valoración de suelos, en la responsabilidad medioambiental de las empresas y, cada vez más, en las pólizas que cubren esos riesgos. Un terreno o un activo industrial con un pasivo ambiental latente vale lo que cuesta sanearlo. Avances como este insinúan que ese coste podría reducirse con el tiempo, un dato que el patrimonio prudente hace bien en anotar. Esta nota es información, no asesoramiento.

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